El Hortelano
Valencia, 1954

- Óleo sobre lienzo
- 200 x 200 cm.
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- La nueva corteza de El
Hortelano
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- Rodeado de cielo sereno, el
delgado árbol de El Hortelano embiste al aire. Sus
raíces no se ven, y tampoco se ven las puntas: esos
misterios, del principio y del final, del nacimiento y de
la muerte, quedan fuera de los marcos. En el lienzo,
humildemente, sólo queda el tronco, un retrato de la
vida; el retrato de una vida volando en el espacio...
Pero entonces te das cuenta de que no. De la única rama
que sale del tronco, caen suavemente dos hojas, y
paralelo al árbol corre algo parecido a una cuerda. Es
lo que en la Academia llaman un "vector de
fuerza", una trenza recta que borra, de un golpe,
esa sensación de espacio sin rumbo; de pronto se
descubre que ese árbol obedece a una ley de gravedad,
que sus raíces no deben estar muy lejos, que ese árbol
sube al espacio desde la tierra. Es un "vector"
algo romántico, la mirada limpia de un hombre muy alto.
- Todo hace pensar que la
pintura de El Hortelano ha tomado un rumbo nuevo en estos
últimos tiempos. En sus lienzos más recientes no queda
casi nada de las alegorías que recordábamos, de
aquellos complicados cuentos pintados, de la
"pintura para leer" de hace unos años. El
Hortelano parece haber descubierto el valor de cada
objeto, el hecho de que cada cosa de la vida, hasta la
más pisoteada, suele llevar en sí misma un resumen de
la vida entera. Toda historia se puede condensar en un
objeto, si se tiene el valor de ir hasta el fondo: al
fondo de la vida de ese objeto. Es un reto con uno mismo,
y el hecho de aceptarlo es ya una victoria. Una vez
aceptado ese reto, el artista se queda solo con la vida,
sin billete de vuelta. Allí, en el silencio de un mundo
que habla, las cosas empiezan a hablarle al hombre y a
emanar vida; entonces el hombre tiene que mirarlas y
escucharlas con mucha atención. Al final, si no se ahoga
en su propio asombro, si no se vuelve loco, es probable
que el hombre se convierta en un artista completo. El
reto de El Hortelano es, pues el de alcanzar la
sencillez, consciente de que se trata del desafío más
peligroso para un artista, ya que generalmente sólo un
sutil abismo separa a la Sencillez de la Banalidad. La
Sencillez tiene que tener más vida que cualquier otra
dimensión, y El Hortelano lo sabe; por eso llena de vida
el Árbol, la Mano, la Silla...
- La silla de El Hortelano
está vieja y desastrada. Vive en un mundo amarillo,
lleno de luz y sin suelos. A la pobre le falta una pata
trasera, y de haber suelo no podría siquiera estar de
pie; se caería. El tiempo ha pasado, sin piedad, por
esta silla abandonada un mediodía de sol ardiente. Le
falta un pomo en el respaldo y está llena de achaques,
pero está claro que en su día fue una hermosa silla con
cuatro patas pulidas y rectas. Es una señora Silla, no
hay duda; por eso El Hortelano la recogió enferma
durante uno de sus paseos de mediodía. Ahora doña Silla
ya no va a morir nunca.
- Desapareció, pues, la selva
alrededor de El Hortelano. La vida no es ya ningún
peligro; ya no es ninguna trampa maquiavlica.
Quedan dudas, pero es mejor: eso le da más luz a las
cosas más oscuras, y a las claras las deslumbra sin
cegarlas. Lo importante es tener tiempo, y no le falta el
tiempo a El Hortelano. Tiene un estudio lleno de luz en
Roma y, si se asoma a la ventana, puede ver toda la
ciudad: los tejados rojizos de Trastevere a sus pies y,
todo alrededor, esa increíble "luce romana"
que ha iluminado capítulos enteros de la pintura
universal. Un buen lugar sin duda, para estar en paz y,
con tranquilidad, convertir en trascendente hasta la
pincelada más "inútil". Se nota claramente
que El Hortelano está exprimiendo su tiempo romano como
un limón, hasta la última gota, sin miedo a tirar la
cáscara y empezar de nuevo. Un artista, además de las
otras condenas, por desgracia no puede vivir toda la vida
en una pandilla, aunque sea muy "movida". Tras
la "Movida", a El Hortelano le tenía que
llegar la "Pensada": un viaje hacia dentro,
más adentro aun, en busca de una nueva luz para
pensamientos nuevos, para pintar con ojos maduros toda
"la alegría y el dolor del mundo, el pasmo del
mundo, el olor del mundo" de los que ya hablaba hace
unos años. Ahora, tal vez, ha llegado el momento de
cumplir su antiguo sueño de "una pintura tan fuerte
como la emoción de la semilla del garbanzo, y a la vez
llena de dudas, frágil, como las lágrimas que
destilamos en nuestras vidas".
- Las dos grandes hojas tienen
el tamaño de un hombre. Una, la "Diurna",
parece colgada de un cielo de campo; la otra,
"Nocturna", está flotando en la noche,
probablemente iluminada por luz de luna. Las dos tienen
un "vector de fuerza" que las atrae hacia la
tierra, pero sin tirar fuerte. Son dos hojas que vuelan
más alto que las demás. Reflejan el día y la noche:
los meca-nismos del día, con sus gusanos, sus sueños,
sus sonrisas... Pero aún no están terminadas, y no se
puede decir más. El pintor aún está pintando. El
Hortelano vuela en el cielo de Roma, cometa de sí mismo,
y con un "vector de fuerza" muy original: un
pincel muy largo que no le deja escaparse, un pincel
atado a la muñeca como una suave plomada. Es como la
mano de una idea, un cómplice que allí abajo, en el
estudio, en su tierra blanca, pinta lo que su amo, El
Hortelano, desde allí arriba, mira.
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- Alessandro G. Ryker
- Academia de España (Roma,
1990)
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