Rafael García Tejero

Baena - Córdoba, 1959

Sin título
Óleo sobre lienzo
27 x 27 cm


La visión en la Laguna de Venecia de las velas de color, me hizo sentir,
como nunca quizá, qué sea el color ese color carne, tierracocida rojizo,
ese color planetario de las espaldas de los trabajadores de los puertos,
de los vasos griegos, de las fachadas de las casas en Italia, el «color»
sin más, antiguo, con que se pintaban las estatuas, que era también el
de la velas y seguro que el de los templos.
Dejar algo en blanco, dejarlo sin pintar, es dejarlo sin dueño, deshabitado.
El color en general, y ese color en esencia, es la bandera del
hombre sin más, es signo y señal de que el hombre está allí, de que él lo
ha hecho, es su emblema. El azul y el oro se debieron de aplicar a los
dioses, las materias preciosas como el marfil, el oro, la plata, las piedras
preciosas. Dejar algo sin color es dejarlo sin la impronta del hombre,
abandonado a la acción de los elementos, dejarlo sin dueño.
La pintura, por tanto, es la impronta del hombre, huella y señal de su
paso por el mundo, marca, además de ser conjuro, evocación, hechizo.
El color es la bandera de lo humano.
Y el blanco de los pitagóricos y de los ascetas, de los monjes, señal
de estar aquí, no como habitante de, hijo de un mundo incorpóreo, luminoso,
librea de la «Luz intelectual».

María Zambrano