(...)Trabajar con árboles, con troncos, con madera, es otra cosa. Es un ataque al árbol, inevitable. El arte es una violación de la naturaleza, tal vez la más respetuosa de las violaciones. Buscamos relaciones distintas, un diálogo
ficticio y humano entre la naturaleza y la industria, entre lo natural y la
artificial. Exigimos al árbol sacrificado significar algo más que su mera
presencia natural, lo desnaturalizamos. Y con ello matamos al árbol, hacemos nacer lo creativo, la obra, pero matamos al árbol. Por eso el arte es un grado de violencia contra lo natural; y por eso el arte es el fruto de una carencia nuestra. Es el triste sino de nuestra limitada condición: somos seres
inteligentes pero no tenemos ramas, ni hojas, y poco a poco tampoco raíces. La naturaleza no necesita del arte, nosotros, pobres humanos, sí.
Mientras, la coreografía del arte, de la escultura, hace cohabitar (en un espacio virtual, espiritual o ritual) a la carne viva del árbol muerto con el acero, la piedra, el hierro, el poliéster... en busca de esa “relación esencial” que
suponemos existe entre la eternidad intrínseca de lo bello y la ansiada
inmortalidad de nuestra obra.
Martin Zuazo
“Biziarengatic dugu hirrizcatzen bizia”
Juan de Ea
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